PARA ENTENDERNOS

Tendrías que empezar de nuevo
(nada más triste que dejarte sin nombre)
para creer en ti. Sin esos juegos malabares
de los panes y los peces. Sin premios ni castigos.
Déjate de milagros y mira el horizonte
y sus derivas con nosotros, mortales
emocionados ante lo que persevera,
contra toda indigencia, incluso
a la intemperie,
                                 en la belleza
que se renueva a cada instante,
como las piedras en el lecho de los ríos.
Que te colme el paso cauteloso de los tigres
en el bosque, la rama que resiste la invernada,
esa ropa en el patio,
el silencio de un anciano frente al mar,
la terrorífica soledad que agrieta los cimientos
que a duras penas sostienen las ciudades,
el agua de las fuentes, el sol cuando se pone,
la manzana que cae y la mirada de anhelo
con que el hombre se adentra, año tras año,
siglo a siglo, en el misterio.
                                                          De nuevo, sí.
Sin el vano espejismo de otro mundo.
Que te bastara rozar el alma de cualquiera
como nos basta a nosotros la luz de cada día.

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