EL FILO

Entre un día y otro cabe a la perfección la noche,
quién no iba a saberlo, si tal vez fue concebida
antes que el tiempo mismo
para dividir la luz en dos y hacerla soportable.
Cabe también la muerte de miles de personas,
un sueño nuevo, un rey depuesto, la creación
de una palabra destinada a volar hasta el portal
de una casa donde un niño, absorto
en la contemplación de las nubes, la haga suya.
Cabe incluso el amor a cualquier hora,
el invisible amor,
quizá cuando la noche empieza ya a cansarse
de su triste rutina de bisagra.
Cabe la desaparición del mundo,
la ausencia repentina de quien sostenía la vida,
la misma muerte que ronda siempre
como un mendigo a la espera de las sobras,
cabe el desvelamiento de la verdad,
la entrega, la deserción, la esperanza y la duda,
cabe todo, cualquier cosa, como hay entre dos cuerpos
que se duermen juntos una vez en la vida
la distancia de un siglo o una belleza indefinible
que sólo ellos conocen, la corriente de un río,
la niebla pesarosa del olvido, la eternidad de una tarde
o nada,
             ni un hilo de tiempo,
ni un grano de arena o de tristeza,
ni una lámpara encendida o un pedazo de pan
sobre la mesa, el resto de la cena,
el último calor de la jornada.
Se cuela entre dos cuerpos el fuego de la vida
o un velo de aire que suplanta a la piel
la apaga o la rescata, la fosiliza o la renueva.
De un día para otro se marchita un misterio,
nace en silencio el peor de los silencios,
la muerte se olvida del desahuciado de la quinta planta,
un hombre cruza el límite o encuentra,
como si tropezara en un recodo de sí mismo,
el aire que le arrastra a la desgracia
o le cubre de bálsamo o de nieve para siempre.

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