EL MIRLO

La mañana me encuentra sin nada entre las manos,
como ha hecho otras veces, y sin embargo siento
una paz casi impura, el roce en la piel
de una ceniza volandera
que parece el envoltorio de la felicidad.
Miro por la ventana
el resplandor de la lluvia en el asfalto
y no salta la palabra que fije en el alma
la luz de esa belleza,
                                            no fluye,
no se derrama con la transparencia del agua
entre las peñas, no acude a la llamada.

Sobre la rama, un mirlo quizá desorientado
me mira −o lo imagino− como si me esperara
donde siempre, fundido en la madera de la mesa,
absorto en el papel que ha de explicar, a tientas,
el eterno misterio de su rara quietud
o la enésima celebración de su existencia.

Hasta que me doy cuenta de que no es necesario,
no hace falta decir
lo que se gesta en los ojos como si lo pintara
una dulce cuadrilla de seres indefensos
que le dan a la vida sus mejores cimientos.

A veces el poema se sienta en el poyete
de granito que humaniza la puerta
a ver pasar el tiempo,
                                              sucede en el silencio,
y el hombre que lo mira se sabe un elegido,
el que entró en la mañana todavía con sueño
y las manos vacías para que recogieran,
también agradecidas, los frutos del milagro,
el canto de la lluvia en la calle sin nadie,
la mirada del mirlo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario