El extravío de Ulises

No sé si soy un nómada perdido en el desierto
o un remedo de Ulises en la quietud de un mar
sin oleaje. Sin rumbo ni destino.
                                                                      Quizá Ítaca
no existe o es el sueño de un apátrida que huye
de la amenaza de su sombra, una quimera
dulcemente cultivada por viajeros
que no van a ningún sitio, que no regresan,
que vagan en el tiempo a la deriva.
Puede que sea irremediablemente tarde
y Penélope haya encontrado consuelo
en los brazos de un héroe más próximo
­–desde luego más joven–. Incluso
que haya muerto.
                                     Que haya elegido,
cansada de la espera, sólo triste al principio,
lánguida o melancólica cuando un soplo de brisa
acaricie su nuca frente al mar,
mecerse en los acordes del olvido.
Todo puede ocurrir.
                                           Habrá cumplido la vida
un largo ciclo a mis espaldas mientras sigo viaje
con los ojos abiertos en la noche.

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