Salir de casa

No hablo ya del miedo ni siquiera con las sombras.
Ventajas de estar solo cuando llega la noche.
He aprendido a tratarlo con sutil indiferencia
nada como el silencio lo desarma−,
como a uno más de los objetos, a menudo inservibles,
que han sobrevivido al trajín de las mudanzas.

Perro viejo, como yo, intenta sorprenderme
y se presenta de golpe una tarde cualquiera
si me ve desprevenido o con la guardia baja.

Salgo entonces a la calle sin otro afán
que darle esquinazo en el primer semáforo,
detrás de aquel quiosco,
en ese portal sucio tomado por los gatos.
Camino entre la gente sin levantar la vista,
zigzagueo, doy bandazos en medio del asfalto
con falsos ademanes de borracho,
construyo un laberinto sin sentido
con mis pasos,
                                      a ver si se despista.

Hasta que dejo de escuchar su aliento
a mis espaldas
                                      y ya sé que la lluvia,
mi aliada de siempre,
lo borra una vez más y se lo lleva,
como si fuera barro, hasta la próxima caída.

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