Con la ventana abierta

Aunque amanezca el día silencioso y dulce
o tenso como un nervio,
sabemos que ya es otro
y le buscamos el fondo oscuro de los ojos
como si fuera un rostro en vez de tiempo,
una fruta que cae sobre la tierra.

Aunque parezca desorientado, ajeno,
una nube que pasa sin darnos una lágrima,
sentimos su calidez o su filo cortante
de guadaña,
                      y siempre nos asombra
la fecunda riqueza que viene a prodigar
en la existencia de los que están atentos:
aquella vieja luz de madrugada
que una vez más se despereza sola.

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