La noche, siempre

 A veces, noche, cuando te vas viniendo
con la lentitud que llega el peregrino
a la posada, pareciera ya
que se ha hecho tarde para recibirte
con la calma y la hospitalidad
debidas, y que las cosas de siempre
están desubicadas y borrosas,
como si les faltara la calidez
del nido a que están acostumbradas.

Algo, tal vez, les ha hecho un rasguño
en la epidermis o se han enemistado
entre sí los marcos de las fotos
¡tantos años mirándose de frente!—,
o se ha roto contra el suelo
esa cerámica antigua, aquel juguete
de madera o ese verso perdido
que tampoco esta vez quiere marcharse;
al recoger del suelo los residuos
con mano temblorosa,
también el pequeño dolor
de quien lo hace se desparrama
y se disgrega como el mercurio
enloquecido del termómetro
o el agua que gotea
en el lavabo hace ya varios meses.

Te das cuenta en seguida, por los gestos
hostiles, los silencios, la rareza de todo,
de que la casa tiene la piel
como arrugada de lluvia o de nostalgia,
lo notas en el aire detenido
y, sobre todo, en las palabras
dulces que no llegan a decirse,
pero te acercas, sigilosa, una vez más,
a apaciguar los ánimos, a llenar
el depósito del alma, y extiendes
con la delicadeza de una madre
siempre alerta, con esmero
puede que tú también algo cansada—,
el manto de misterio que siempre te acompaña,
la paz con la que llegas a ti misma.

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