La misma vida

Pongo la mano, inadvertidamente,
sobre un objeto humilde
la concha de una vieira, el abrecartas
de madera labrada, el lápiz rojo–
que ha encontrado su lugar provisorio
estos últimos días, por extraños azares,
en un rincón de la mesa donde leo,
y parece que el mundo se renueva.

Como si el viento de los años,
cansado de la espera, desarmara
la estructura, se acercara en silencio
a soplar la ceniza del olvido.

No es una caricia muerta
lo que llega en ese roce inesperado
ni fortuita la música que colma el aire
de recuerdos, sino el temblor de la carne,
la resonancia lenta de las voces
que insuflan en el pulso la savia
que regresa, la sal de las palabras,
el tuétano de la vida que emerge
de las sombras y baila en el alero.

El solitario atiende estremecido,
aparta los escombros, resucita despacio
como una brasa a punto de extinguirse
que milagrosamente se convierte en fuego.

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