Despojamiento

Empieza a ser innecesario
conservar tantos libros que nada te dijeron
en su día o no han sabido
reclamar tu atención después de varios años
acumulando olvido en los estantes. Son tan pocas
las cosas que pueden acompañarte
o ceder a tu cuerpo un simulacro de calor
en el recto camino de la soledad,
cuando en tu alma resuenan, cada día
más débiles, las mejores palabras.

Vuelve al principio, escribe en el agua
las que delimitaron tu piel
y dieron cauce al milagro, reconoce
entre los escombros la palpitación
de su latido más hondo, el que dio origen
a la vida que elegiste y te marcó el camino,
ese que no ha podido desarbolar
el vendaval.
                     Dales el calor
de tu mirada, acógelas de nuevo
entre las paredes del alma y cumple
su designio diciéndolas despacio,
con la humildad serena 
de quien sabe que ignora lo esencial. 

El mirlo

La mañana me encuentra sin nada entre las manos,
como ha hecho otras veces, y sin embargo siento
una paz casi impura, el roce en la piel
de una ceniza volandera
que parece el envoltorio de la felicidad.
Miro por la ventana
el resplandor de la lluvia en el asfalto
y no salta la palabra que fije en el alma
la luz de esa belleza,
                                            no fluye,
no se derrama con la transparencia del agua
entre las peñas, no acude a la llamada.

Sobre la rama, un mirlo quizá desorientado
me mira −o lo imagino− como si me esperara
donde siempre, fundido en la madera de la mesa,
absorto en el papel que ha de explicar, a tientas,
el eterno misterio de su rara quietud
o la enésima celebración de su existencia.

Hasta que me doy cuenta de que no es necesario,
no hace falta decir
lo que se gesta en los ojos como si lo pintara
una dulce cuadrilla de seres indefensos
que le dan a la vida sus mejores cimientos.

A veces el poema se sienta en el poyete
de granito que humaniza la puerta
a ver pasar el tiempo,
                                              sucede en el silencio,
y el hombre que lo mira se sabe un elegido,
el que entró en la mañana todavía con sueño
y las manos vacías para que recogieran,
también agradecidas, los frutos del milagro,
el canto de la lluvia en la calle sin nadie,
la mirada del mirlo.

Acto de fe

Dame la sombra, Dios, tú que no existes,
concédeme el milagro del olvido,
borra del alma las huellas de la herida,
crea de nuevo el caos del que venimos
y renuncia a olvidarlo. Sé justo por fin,
mira dentro de ti y descrea el mundo.
Déjame sin agua y sin memoria
en el desierto, sin espigas ni zarzas,
desnudo ante el misterio.
Extirpa de mi pecho la esperanza
y llévate mi nombre envuelto en los harapos
de ilusionista ambulante
con que engatusas, ávido, a la plebe.
Nada quiero de ti salvo el silencio,
el reconocimiento de la oscuridad.
Que la insistencia eterna de la lluvia
desfigure el perfil de las últimas palabras.
Que se desfonde el alma
                                                     y sobreviva,
si ha de hacerlo, a la intemperie.

La bien amada

La poesía, esquiva en la bonanza
y siempre fiel cuando se nubla el cielo,
la única que no aparta la mirada
cuando hacen su entrada los heraldos negros
ni rehúye el cuerpo a cuerpo, la que soporta
mis peores modales, mi agresivo silencio
y mis desavenencias con la vida, la que sostiene
el alma aunque tenga que bajar a los abismos
más impenetrables, aunque salga maltrecha
y se avergüence a veces de sí misma
por lo que le hago decir. La que se sabe
al dedillo mis desdichas y mis sueños.
La que vigila, paciente, cada uno de mis pasos.
La que me escucha hoy sin decir nada.
La que sólo se retira a descansar
cuando me sabe a salvo.

Frío

La casa toda se ha encogido de frío
y los objetos que la pueblan
se desorientan, murmuran, se encogen
como erizos, se diría que anhelan
arroparse entre las mantas.
La luz en el estudio
también duda y se entristece,
la mesa (los libros, los papeles, todo
lo que ayer mismo era una hoguera
de proyectos) se ha convertido en un desierto
de silencio y la silla, convaleciente,
extraña, como exiliada en su esquina,
se echa a andar,
                                 se detiene la música,
los lápices se aprietan para darse calor
como corderos, el pan en la cocina
se estremece de hambre
y el dueño de la casa, a la intemperie
en su propio dormitorio,
permanece inmóvil con un libro en el regazo.
Todo tiembla a su alrededor por un instante
como si se despidiera. Hasta que un rayo
diminuto entra sin llamar, avanza
hasta la alfombra, acaricia sus pies.

Desnudo

La palabra soledad,
aunque es hermosa y triste
como una tarde de lluvia,
carece de raíces,
nunca llega a rozar
la médula palpitante
y profunda
                        de la soledad.

Hoy, por ejemplo

La vida comienza cualquier día.
Da lo mismo que llueva o el viento
levante la hojarasca del camino.
Cuando la destrucción parece inevitable
y se rinden los últimos reductos
del alma,
                  cuando ronda la muerte
sin ocultar su rostro,
                                      un simple gesto
de apariencia involuntaria le da un giro
al rumbo que traía de la noche,
templa el dolor, lo asume, le da sentido
y abre un resquicio en la tiniebla
por el que entra, renovado, el aire.
Depende de nosotros el siguiente paso.
Entender las señales. Iniciar el viaje.

Manos

Sólo ellas se acercan a las cosas
con sigilo para hacerlas de nuevo
en cada roce como si fueran barro
que espera ese milagro en la cuneta.

Un libro, una cazuela o un juguete
resucitan a la vida cada vez que los tocamos.

Si se dejan estar
en una espalda desnuda, si atracan
en la mesa junto a otra mano sola,
ya todo se confunde
y entonces se disparan como ardillas,
construyen laberintos en el aire,
escudriñan cada valle, entran
en cada cueva con fe de exploradoras,
se refugian en el bosque, se amansan
en la orilla, se mecen en la rama
como alondras. Van y vienen
como ríos de lava en la piel que las acoge.

Sólo se abaten, malheridas,
si en pleno vuelo encuentran el vacío.

Paseo con Álvaro de Campos

                           E hoje não ha mendigo que eu não inveje só por não ser eu.
                                   ALVARO DE CAMPOS



Ausente casi la noción de sufrimiento,
he sido el que nunca he sido
en la misma mesa de trabajo
donde nadie ha podido jamás reconocerme;
he besado, con los ojos cerrados,
el ala de un gorrión,
la guitarra de João Gilberto,
la puerta de una alcoba que ya no existe
en la casa de mis abuelos,
el hombro desnudo de la madrugada,
la arena caliente de una playa solitaria
en el minuto previo a su desaparición;
he pasado unas horas
en la sala de tratamiento oncológico
de un hospital público
con la conciencia desnuda
de no ser yo mismo, sino los otros,
todos los otros:
el que recibe, con pánico incurable
en la mirada, gota a gota,
el veneno que puede aplazar el desenlace,
el acompañante confundido,
el que no sabe qué hacer para aliviar el daño,
el corredor y la liebre,
la célula culpable, el núcleo del tumor
y el aliento vital que se rebela,
el que se ha ido
y el que vuelve con las manos vacías,
la celadora y el enfermo;
he leído despacio sin entender apenas
el verdadero significado de las palabras,
he removido en lo más oscuro de la conciencia
el cofre misterioso
de los sueños
sin encontrar el hilo del que tirar
para encontrar la ruta
que dé cuenta de la vida aunque no la justifique.
No ha rozado mi existencia la voz de nadie
durante horas y sin embargo palpitaba
allá dentro, allá lejos,
el temblor de una estrella sin nombre,
el murmullo intraducible de las cosas
que se transforman en aliento
para esquivar a la muerte.

A última hora he salido a caminar
por las calles sin gente.
Para estirar las piernas. Para escuchar, suave,
la bellísima canción del aire. Para pedirle al viento
que se lleve, con la bruma que obstruye
el normal funcionamiento del cerebro,
el pensamiento mismo, la costumbre
o el vicio de pensar.
Para librar al alma de los azotes de la luz,
de la vida sin vida y del combate.
Para ser, por un instante, el mendigo
que ni siquiera tiene envidia de no serlo.

Alguien escucha siempre

Qué dulce ha sido a veces
el raro estremecimiento
de escuchar a hurtadillas una voz
en el silencio sin que nos haga daño,
sentir la melodía de otras vidas
que todo lo ignoran de nosotros,
desearles la ventura
–ocultos en la sombra–
de que quien ellos quieren
atienda lo que dicen.
Que de verdad les llegue al alma
la respuesta que esperan
más allá del anhelo
con que brotan las palabras
de su boca.

El círculo

Es la hora.

Abrázate en paz.

Tienes toda la noche

por delante.

Busca en la selva

dentro de ti

un lugar inaccesible.

Duerme tranquilo,

cada sueño es un pétalo

que cae sobre la tierra.

Pasa con lentitud

la última página.

Cierra el libro.

El extravío de Ulises

No sé si soy un nómada perdido en el desierto
o un remedo de Ulises en la quietud de un mar
sin oleaje. Sin rumbo ni destino.
                                                                      Quizá Ítaca
no existe o es el sueño de un apátrida que huye
de la amenaza de su sombra, una quimera
dulcemente cultivada por viajeros
que no van a ningún sitio, que no regresan,
que vagan en el tiempo a la deriva.
Puede que sea irremediablemente tarde
y Penélope haya encontrado consuelo
en los brazos de un héroe más próximo
­–desde luego más joven–. Incluso
que haya muerto.
                                     Que haya elegido,
cansada de la espera, sólo triste al principio,
lánguida o melancólica cuando un soplo de brisa
acaricie su nuca frente al mar,
mecerse en los acordes del olvido.
Todo puede ocurrir.
                                           Habrá cumplido la vida
un largo ciclo a mis espaldas mientras sigo viaje
con los ojos abiertos en la noche.

Voces

Mira a tu alrededor, abre los ojos,
busca en las habitaciones de tu propia casa
el murmullo de las otras voces que la habitan.
Son ellas las que forjan cada día
el misterio que no dejas de entregar
aunque no sepas explicarle al mundo
los abismos que se abren a tus pies,
son ellas el agua subterránea que alimenta
la música del sueño.
No todas llegan a resonar en el alma,
no se dan a cualquier precio, no arriesgan
el pellejo si no vale la pena
la emoción que las sílabas arrastran.
Escúchalas con calma en la soledad
que empaña los cristales de la tarde
algunas veces, ábreles sin temor
el cofre, concédeles el cauce que las guíe
hacia la desnudez de la verdad
que vienen a mostrarte donde menos lo esperas,
el tramo más amargo del insomnio,
el respaldo gastado de la silla
donde aguardas cada día
el milagroso acorde,
la página de un libro.
                                      Recupera
el aliento, escucha, impregna tus horas
de esa rara armonía que te ofrecen
de balde, moja tus manos sin temor
en la humedad que dejan en el aire.

El vuelo

Hoy todo sueña ya lo que soñabas
cuando el mundo perdía sus contornos
y en la lucha que libra la ceniza
por ser lo que ha de ser, por seguir siendo,
pensabas que eras tú quien se apagaba.

Era tu vida haciéndose en el horno
y el ala que se posa en la ventana
la luz que en tu mirada se eterniza.

Invisible

No busques el arma
que te ha hecho la herida
más profunda.
                          La hallarás,
con asombro, en lo más puro.

La misma lluvia

Aunque nunca volviera a pisar el camino
de los eucaliptus o a detenerme en la cuneta
para contemplar el oleaje, la cadencia milagrosa
del oleaje que me enseñó la lentitud para darle nombre
al mundo y clavar en el alma las raíces
más indestructibles,
                                    yo sé que seguirá lloviendo
para mi corazón en el camino del faro
y en la isla solitaria,
como lo hace cada noche a los pies de mi cama
y en la ladera de una montaña
de la que nunca contemplaré la silueta,
como llueve en la palabra miedo
y en aquella despedida que puede confundirse
con la noche,
                        llueve en el bosque de los cuentos
y en el columpio vacío
y en la espalda de un anciano.

Llueve sin esconderse. Sábado, invierno,
festivo, madrugada. Cuando toca.

Me gusta que lo haga después del desayuno
para mirar en paz por la ventana.
Se empapará el silencio de agua nueva.
Se mojará la tierra de la huerta
alegremente
y los zapatos de los niños
que la abuela ha dejado abandonados
en el fregadero del patio,
se encharcarán también la escalera de granito,
las mazorcas,
el banco de la plaza
y el aire invisible que nos dio la vida.

Intrusa

Ya sabes que no andará muy lejos.
A estas alturas de la edad
ni siquiera es necesario
intepretar los síntomas. Hace ya tiempo
que se prodiga más de la cuenta, se cuela
sin llamar, se pone pesadita.
                                                           Algunas noches
uno está más desnudo− se ha dejado ver
sin disimulo, a cara descubierta (es un decir),
más fea y más apática que borrasca de lunes.
Se acerca con la máscara de una torpe sonrisa,
como si quisiera que me familiarizara
con su manera de llegar, siempre distinta,
siempre a deshora.
                                         La última vez
¿me pilló desprevenido?, ¿estaba triste?−
me habló directamente con esa ternura falsa
que se gasta: lo digo por tu bien,
conviene que te vayas preparando.

Esa noche, es verdad, me quitó el sueño.
Pero se fue de morros. Salió refunfuñando
porque no consiguió que perdiera mi tiempo
temiendo sus argucias o hablando de sus triunfos,
sino de todo lo que me hace ser feliz
aún sabiendo el final, sin pedir
nada a cambio: el agua tibia de la ducha
cada día, la música interior de los deseos
que no hace falta declarar, la pista de atletismo
y los caminos de tierra donde me entrego al sol
o me derrota la lluvia felizmente,
la cada vez más fértil soledad de las tardes
en las que −se ponga como se ponga−
no tienen cabida sus fúnebres augurios,
cada baile irreverente, cada sueño,
cada niño que corre hacia la orilla,
el recuerdo del mar,
                                           la risa de unos
y de otros (las madres y los hijos,
los hijos y las olas), los libros y las manos
que me esperan. Tantas cosas tan puras,
inmortales,
                        tantísimas auroras.

Los dos sabemos, claro está, que al final
saldrá ganando, mira tú qué misterio.
Pero entretanto, ea, cada cual a lo suyo.
Me niego a compartir el café con una extraña.

Cada mañana

Del fondo mismo de la tierra,
cuando se resquebraja hasta el aire
que nutre la energía de las almas
y los pájaros pierden el instinto
y caen como manzanas maduras al abismo;
cuando el mar, dolorido, brama
e invade la costa para engullir el sueño
de los que aguardan en la orilla,
cuando huye de la vida todo lo que cedía,
generoso, su aliento y su ternura,
la misma luz impenetrable emerge siempre
para herir tus ojos -¡ábrelos!- y exigirte
que mires más allá del aparente desorden
del mundo y sus frecuentes mascaradas,
que no te rindas al miedo hasta que penetre en ti,
un vez más, la dueña de la vida,
la incólume belleza con que sonríe el alba
después de la tormenta.

Oda a Ricardo Reis

                                                                           Deixem-me apenas
                                                                    a consciência lúcida y solene
                                                                           das coisas y dos seres
                                                                                  RICARDO REIS 



Mirar sin ansia la apariencia de las cosas,
escuchar la voz de lo que guarda silencio
sin indagar en las causas últimas
de su inmovilidad ni lamentar siquiera
la desaparición de lo que parecía eterno.
Sólo sentir, estar atento a lo que existe
sin saber que existe, reconocer la belleza
inocente que siempre trae el día
y dar las gracias, en silencio, a solas,
desde la más pura intimidad del ser,
por el prodigio extraño de estar vivos. 

Padre e hija

Para qué quiero yo tanto dinero,
dijo la niña con mirada de pajaro
en la rama,
y se fueron a bailar
cogiditos de la mano
como si fueran libres.