La luz insomne

Está la luz despierta,
sentada en una piedra
de millones de años,
esperando a que salgas
de ese túnel de sombras
en que estás atrapado.
Está la luz despierta
en mitad de la noche
aunque cierres los ojos
como si no existiera.

La mirada inicial

Abrir los ojos cada día
muy temprano
                           para entrever
el humilde fulgor de una mirada
inolvidable
                   o aquel instante único
en que el paisaje del que formas parte
desde el principio de los tiempos
desnudó su misterio
para entregarse a ti.
                                   Para que tú lo vieras
como nadie podrá verlo nunca.

Mi voz en el desierto

¿Te ha llegado mi voz, la que escuchabas
en silencio cada noche?
                                           ¿Qué puedo
hacer ahora para que te alcancen
aquellos versos que querías tanto
Blas de Otero y Vallejo sobre todos−?
 ¿Recuerdas? Te los grabé en una cinta
que llevabas contigo a la cocina
para hacer un puré siempre sabroso
o escuchabas a solas en tu cuarto
si tardaba en volver en esas noches
puñeteras que el insomnio sembraba
de miedos y nostalgias.
¿En qué mesilla te dejo ahora este poema
si ya no me respondes, si eres
ida antes de tiempo, llena de preguntas
sin respuesta, cuando no te tocaba?
¿Qué hago con la sílaba rota y el silencio,
dónde pongo la pausa, dónde bramo
en voz baja para que tú me escuches?
Eras tú la que le dabas vida
a la voz temblorosa que entonces recibías
con el alma entreabierta, con hermosa paciencia.
Ya nadie se hará cargo de la lluvia
o la emoción, aunque fuera a escondidas.
Ya nadie escuchará como lo hacías.


Ligeros de equipaje

Despojarse de algo cada día
-ropa vieja, rencores, una duda
que ha dejado de serlo-
para seguir viaje sin el peso
de lo inútil. Navegar hacia la luz
del sol sin detenerse
a lamentar los últimos errores,
seguir el ritmo que nos marca el alma
y adentrarse sin miedo en la espesura
del océano hasta encontrar la estela
que ha de llevarnos hasta la misma playa.
Que la noche pasada no destruya
el misterio de la que nos espera.
Que el último estallido nos encuentre
con los ojos abiertos y el corazón
en paz, como ese tramo de paisaje
que sólo se revela o resucita
para los que regresan.

El otro camino

Aquí, junto a la luz recién nacida,
la soledad sonríe. No es la cicatriz
de una herida incurable, una línea de sombra,
una condena. No apunta siempre
hacia el acabamiento o la desgracia.
También abre veredas que desvelan,
por sorpresa, la transparente virginidad
en la que todo germina y se convierte entonces
en un humilde atributo de la vida del hombre.

 Atreverse a surcarla quizá sea el peldaño
que debíamos subir, el eslabón del alma
que nos desvele al fin la sencillez del misterio.

En soledad sentimos cada sueño que muere,
cada noche vacía, cada hoja que cae
sobre la tierra muda.

Cabe en mis manos como el vuelo de un pájaro,
desbroza con suavidad la fronda impenetrable,
humedece la piel sin hacer daño.

La escucho con fervor cada mañana
cuando extiende su manto de silencio
sobre las cosas todas.

Por alegrías

Cuando llegue la mañana
con su milagro de soles
y su cielo de canciones,
báilame tú una alegría.

En la orillita del mar
o en la hamaca de la luna
cuando te eches a soñar.
Baila donde yo te vea.




Música, maestro

Canta sin miedo, alma mía,
estamos cerca de contemplar el último paisaje
frente al que has de abrir los ojos
con la avidez de siempre por si también
bajo esa atmósfera de niebla que imaginas oscura
se manifiesta la belleza,
                                                    estalla una palabra
con la brevedad de una luciérnaga
o fluye un silencio como el agua feliz
del manantial que tus labios han buscado
sin pausa varios miles de veces.

Canta sin miedo, canta,
sabes de sobra que a la vida le quedan ya
pocos enigmas que entregarte, mira con sorpresa
la delicada obstinación con que cultivas
lo que tu huerto ofrece todavía: dos o tres ritos
de tímida embriaguez cuando presiente el cuerpo
una caricia, la música infinita que navega
en tu sangre, la raspadura en la piel −ya leve−
de los recuerdos gratos.
                                                   Sé generoso y no le rindas
tu pasión aunque se venga nublando el cielo
cada día un poco más. Tú celebra lo vivido
y vete en paz, en paz contigo, sin una queja
innecesaria, cuando el momento llegue.

Último baile

Cuando la muerte baile ya
cada mañana
como una flor en la ventana
y el corazón se acople sin rencor a su vaivén,
el dolor sólo será una huella en el camino
que seguirán, indóciles, eternos,
los que vienen detrás
con un vigor que para ti será emoción
sin adornos
                      porque en tu aliento
latirá −nube que pasa− la piedad
de quien ha sido
apasionado huésped de la vida
cada día y ahora está cerca
de llegar al final 
                               sin lamentarlo.

Semilla

Toqué la célula
más honda con la levedad
del pájaro que se mece
en la rama. 
                    Se derramó 
en mi corazón
la transparencia de la luna
y su misterio.
                           Que el viento
no se lleve la semilla
minúscula
                      que será,
si la riegas cada día
con la yema de los dedos,
si la mojan tus labios
en las noches oscuras,
                                               la raíz
de una caricia
que habrá nacido a la vida
con humilde vocación
de árbol.

Lo sabía Wisłaba

Esa tonta presunción
de que hace gala la palabra todo,
pavoneándose en el escenario
como si nunca fuera
a equivocarse,
se desdibuja en el vacío
lo mismo que una nube
con el paso del tiempo,
se desmaya en la arena
como hace siempre el agua
por más fuerza que traiga,
se deshace en la boca
y queda en nada
cuando el público,
en silencio,
abandona el teatro.

Una pequeña ola en tu memoria

                                  Todavía duermes contra mí, amado,
                            como si nada hubiese ocurrido,
                            tiemblo,
                            pequeño habitante de un paraje que nunca fue mío.
                                     MIYÓ VESTRINI

Ya no duermes contra mí, grano de arena,
pequeña flor salvaje que diste la vida
literalmente
en cada respiración, en cada grito silencioso
frente al cristal, en cada salto en el vacío,
diste toda la vida
cada vez
                      dejándome en la piel
aunque ahora ya no estés, habitante de la sombra−
el surco árido de la ausencia y la verdad sin trampa,
rescoldo puro, del deseo.

Ya no duermes contra mí, gota de agua,
ola profunda que nunca se retira,
pero te duermo yo fielmente
cada noche
aunque tu nombre sólo de tarde en tarde
resuene en el errático vaivén
de las conversaciones.
Ya no duermes contra mí pero me habitas,
célula inolvidabe, como tú querías.

Alborada

Todo es provisional, como la vida.
La lluvia vengativa
que cae en tromba sobre el asfalto sucio,
las ganas de escapar hacia otro nido,
la tenaz pesadilla que a todos nos persigue,
el cuarto oscuro, la luna llena, el sonajero
de olas y campanas
que oíamos de niños con la boca abierta,
el deseo de ser lo que no somos
y también lo contrario, la costumbre
y la escapada,
la noche misma con sus pasadizos
de sombra hacia la sombra.
Todo provisional,
                                     el sol de mayo
y la tormenta que arranca del alma
puertas y ventanas. La humilde vida
que no siempre hace trampas, que no engaña
cuando mira de frente
y nos convence de que, a pesar de todo,
es muy recomendable la alegría
de mantenerle el pulso.
                                                   Por si la flauta suena.

Un trabajo cualquiera

Cuánto cuesta explicarles que mi trabajo es este,
que por él me desvelo y le entrego las horas
que su esfuerzo requiera. Qué cansado resulta.
Lo demás son minucias, servidumbres, acciones
para estar a resguardo cuando llega la noche,
para ganarme –apenas– el pan y los zapatos
como se gana el árbol la savia que lo nutre.
Que mi trabajo es este: perseguir la belleza
de las cosas que cesan, para que no se olviden,
escuchar el gorjeo con que el día nos cuenta
que la vida no pide otra cosa que entrega.
Y los ojos abiertos. Y la mano tendida.
Acercarme a la orilla y escuchar el murmullo
que las olas sembraron en mis sueños de niño.
Sonreír a la lluvia, sentarme en una piedra,
escuchar a los muertos, remendar las palabras
que tiemblan en la arena como recién nacidas.
Escucharlas entonces para darles aliento
y que salgan al mundo con su cara lavada.
Qué culpa tiene nadie de que no dé dinero.
Cada cual a lo suyo, cada palo su vela.
Qué le vamos a hacer si la música suena
y las nubes lo saben, si lo entiende hasta el aire
cuando pasa de largo, que mi trabajo es este:
las manos en el barro y en el alma el anhelo
de que salga una jarra donde guardar el agua.

Gorrión

Ha vuelto el gorrión a la ventana.
Es un instante de belleza pura.
Ya sé que no es aquel. Ni yo tampoco.
Escucharé el gorjeo con que aviva,
acaso sin saberlo, las macetas
del balcón, la mirada que contempla
su loca algarabía y sus afanes.

Quisiera, como él, no tener miedo
y volar a otro alero por sorpresa.
Vivir de rama en rama, tan tranquilo,
sin que nada interrumpa mi alegría.

Ya sé que no es aquel, pero me mira,
casi inmóvil, como si se acordara.

Salir de casa

No hablo ya del miedo ni siquiera con las sombras.
Ventajas de estar solo cuando llega la noche.
He aprendido a tratarlo con sutil indiferencia
nada como el silencio lo desarma−,
como a uno más de los objetos, a menudo inservibles,
que han sobrevivido al trajín de las mudanzas.

Perro viejo, como yo, intenta sorprenderme
y se presenta de golpe una tarde cualquiera
si me ve desprevenido o con la guardia baja.

Salgo entonces a la calle sin otro afán
que darle esquinazo en el primer semáforo,
detrás de aquel quiosco,
en ese portal sucio tomado por los gatos.
Camino entre la gente sin levantar la vista,
zigzagueo, doy bandazos en medio del asfalto
con falsos ademanes de borracho,
construyo un laberinto sin sentido
con mis pasos,
                                      a ver si se despista.

Hasta que dejo de escuchar su aliento
a mis espaldas
                                      y ya sé que la lluvia,
mi aliada de siempre,
lo borra una vez más y se lo lleva,
como si fuera barro, hasta la próxima caída.

Con la ventana abierta

Aunque amanezca el día silencioso y dulce
o tenso como un nervio,
sabemos que ya es otro
y le buscamos el fondo oscuro de los ojos
como si fuera un rostro en vez de tiempo,
una fruta que cae sobre la tierra.

Aunque parezca desorientado, ajeno,
una nube que pasa sin darnos una lágrima,
sentimos su calidez o su filo cortante
de guadaña,
                      y siempre nos asombra
la fecunda riqueza que viene a prodigar
en la existencia de los que están atentos:
aquella vieja luz de madrugada
que una vez más se despereza sola.

Efímero

Quedará en la ventana, si algo queda,
caída entre las flores,
una miga de pan
                                           o una palabra
que el humilde gorrión de cada día,
siempre atento a los dones de la vida,
ya muy cerca del alba,
se llevará en el pico hacia su nido.

El camino del río

Hoy es un día más que el río pasa
y deja su rumor entre las piedras
donde escuché la voz de una llamada.
Donde se abrió la senda que ahora sigo.

Último día

Al final del camino no hallarás la solución
a los enigmas, sino el venero de los sueños
que ha llegado hasta aquí, de peña en peña,
atravesando bosques y desiertos.
Era todo tan fácil.
Sólo seguir el curso de los ríos
y dejarse llevar sin hacer cuentas
hacia el último dia
-lucirá el sol para anunciar el alba
o lloverá despacio en la gravilla-
que romperá el hechizo.

Lágrima

Vertió en la orilla
la pureza infinita
de una lágrima de cuarzo.
Brillará eternamente
su fulgor entre las piedra
como el hilván de un sueño.

Bajo la sombra del árbol
donde creyó que el mundo
le entregaba la vida.

Clase turista

Estos que van conmigo en el vagón, en silencio
o dormidos, hacia un destino tal vez nuevo,
estos que vuelven con el alma
entre alfileres
cada día
de un trabajo penoso,
estos que miran el paisaje y nada dicen
porque es para ellos la misma página
de ayer, el mismo espejo de ceniza,
esos otros ―más jóvenes― que no paran
de hablar como babuinos, esos que leen
o corrigen un examen,
esos que anotan algo en un cuaderno
de hule o subrayan en un libro
la palabra saudade, esos que escriben
o meditan,
                            ¿qué andan buscando en la espesura?
¿Saben acaso qué trampa les espera
o qué milagro en el andén de la estación
a la que llegan, una ciudad de piedra
que parece temblar entre la niebla
o un poblacho vacío? ¿Llegarán a conocer
la razón de su viaje? ¿Regresarán vencidos
o se darán de bruces con el sueño
de encontrar −algo a deshora−
ese rincón
de luz inesperada,
una casa con ventanas, un río que les hable,
un corazón donde pararse al fin para sentir
la transparencia, el rumor que da origen
a la música que sostiene las almas,
el latido más cierto de la vida?
Estos que me han acompañado
a lo largo de unas horas por azar,
inolvidables ya
aunque no sepa ni su nombre,
¿qué se llevan de mí en sus humildes
equipajes o en sus risas?,
¿qué misterio se dejan olvidado
junto a la ventanilla para que yo,
tal vez, pobre de mí, lo desentrañe?





Talgo Madrid−Ourense

El descarriado

Seré la silueta que cruza muy despacio,
solitaria, a cualquier hora del día
o de la noche, entre la niebla,
sin destino, los puentes invisibles.

El tiempo muerto

El tiempo, después de un largo tiempo
jugando al escondite con la fiebre
de mis ojos, se ha hecho herida
en la carne. Mana con lentitud,
se expande, calla, se detiene.
Siento la fuerza destructiva de su paso
y el espesor de su caudal inagotable
en el humo de los cigarrillos
que me arrasan la garganta, se adensa
en el entramado de alambres afilados
que se retuerce en el pecho,
lo mastico sin hambre, me desvela,
me acorrala.
                       Es mi enemigo.
Pero una voz que viene de muy lejos
me recuerda que no puede vencerme.
Que sólo seré suyo si me rindo.
Y en ese instante morirá conmigo.

La llama

Se expande en las entrañas
la luz de la alegría.
La acoge, agradecido, el cuerpo,
sin vislumbrar apenas el origen
que la ha traído en volandas
hasta la misma orilla
de este mundo sin gente,
de esta casa vacía.


Coser y cantar

Qué fácil encontrar, a media tarde,
el hilo de la vida verdadera,
el milagro feliz de lo que existe
sin depender del sol o de la lluvia,
invisible y eterno como el aire,
como una huella nueva en el asfalto,
como el canto de un mirlo de la infancia
o una flor solitaria entre las piedras.

Qué fácil y que raro cada día
que pasa, descosido, sin apenas
acercarse, aunque sea un instante,
al tierno corazón de la madeja.